España, mayo 2026.
El Reparto es un ritmo surgido en Cuba, esencialmente en La Habana, cercano a los años 2010, mezcla y evolución de reguetón con música cubana. Se reconoce como su creador (no obstante otros participaron y reivindican su creación) a Chocolate MC (Yosvanis Arismín Sierra Hernández), El Rey de los Reparteros, un artista que venía del mundo del reguetón y que saltó a la fama en 2015 con su tema Guachineo. Según cuenta el artista, su mentor fue Elvis Manuel, considerado uno de los fundadores del reguetón de aquellos años en Cuba y desaparecido en el mar intentando llegar a las costas de la Florida. A Elvis le debe Chocolate su incursión en el mundo de la música.
Reparto – Música Urbana – Reguetón de Cuba
La palabra Reparto refiere a las barriadas habaneras y, en general, cubanas, ubicadas en la periferia de las ciudades, donde vive gran parte de la juventud cubana más marginada. En los años ´90 esta palabra se asoció a quienes seguían la timba, derivación del son cubano que podría calificarse como su versión más dura y agresiva.
Los reparteros actuales heredan esa cultura timbera. Suelen ser jóvenes nacidos en los barrios populares de Cuba que hacen o consumen Reparto y viven de cerca la marginalidad de sus entornos. Los reparteros artistas nacieron después de aquel boom de la salsa, en un país que ya había perdido buena parte de sus promesas colectivas, donde la precariedad, la emigración, la desigualdad y la sobrevivencia marcaron su infancia y adolescencia.
No crecieron mirando hacia el futuro, sino aprendiendo a resistir el presente. Y como antes hicieron los soneros, los timberos o los raperos, encontraron en la música una forma de contar su realidad. El Reparto no nace de la academia ni de las instituciones culturales; nace de los solares, de las esquinas, de los teléfonos móviles, de estudios improvisados en cuartos pequeños y de una juventud que entendió que, aunque no tuviera acceso a casi nada, todavía conservaba una voz.
Por eso el Reparto incomoda. Porque habla sin filtros del barrio, del deseo de dinero, del sexo, de la violencia, de la fiesta, de la frustración y también del sueño de escapar. Puede parecer repetitivo, vulgar o excesivo, pero también lo fueron para muchos el son, la rumba, la timba o incluso el rap en sus comienzos. Como casi toda expresión popular nacida desde abajo, el Reparto terminó convirtiéndose en espejo de la sociedad que lo produjo.
Y quizás ahí radique su verdadera importancia, más que un género musical, el Reparto es el testimonio sonoro de una generación cubana criada entre la escasez, la doble moral, la pérdida de horizontes y la necesidad constante de reinventarse para sobrevivir.
Antecedente histórico
Tras la revolución cubana de 1959, el Estado prometió igualdad social y acceso universal a la educación, la salud y la cultura. Teóricamente el hito educativo y cultural se logró más o menos durante las décadas de 1960–1980, donde se alfabetizó a la población de forma masiva, se ofreció enseñanza gratuita a todos los niveles y se promovió el acceso a las artes y la cultura en general. Más en lo profundo, la revolución cubana impulsaba también la formación de ciudadanos alineados con el nuevo proyecto ideológico que interesaba a los barbudos sin muchas preguntas. Para llevar a cabo la tarea se iniciaron planes masivos y populistas que apartaban del debate nacional todo cuestionamiento acerca de los métodos y vías para hacer realidad aquellos planes.
La mayoría del pueblo cubano no provenía de una Cuba próspera como afirman esos que intencionadamente hoy intentan cambiar la historia. Antes de 1959 la población cubana presentaba una serie de características sociales, económicas y demográficas que reflejaban tanto su historia colonial como las transformaciones del siglo XX durante la República (1902–1958).
- Marcada jerarquía racial heredada de la colonia. Las personas blancas tendían a ocupar los estratos económicos y sociales más altos, mientras que negros y mestizos estaban representados en los sectores más pobres.
- Occidente (La Habana, Matanzas, Pinar del Río) era más desarrollado que Oriente (Santiago de Cuba, Guantánamo, Holguín, Granma) con mayores niveles de pobreza, desempleo y analfabetismo.
- Alto nivel educativo en comparación con otros países latinoamericanos, pero con grandes desigualdades sociales y regionales. La tasa de analfabetismo se concentraba en zonas rurales. Las universidades, especialmente la Universidad de La Habana, tenían prestigio pero el acceso estaba limitado a los sectores medios y altos (generalmente blancos).
- Algunos indicadores sanitarios eran avanzados para los estándares latinoamericanos, sin embargo, el campo cubano sufría una grave falta de hospitales, médicos y servicios básicos.
- La nutrición y la vivienda eran precarias especialmente en áreas rurales, donde predominaba el trabajo estacional en la zafra azucarera con una economía dependiente del monocultivo de azúcar y de las exportaciones a Estados Unidos.
- Existía una intensa vida cultural y artística, con fuerte influencia de Estados Unidos y una identidad nacional consolidada en torno a la música, el deporte y la literatura, donde la clase media urbana disfrutaba de niveles de consumo relativamente altos. Sin embargo, el contraste entre la modernidad habanera y la miseria rural era muy visible.

En definitiva existía una gran desigualdad social y es este el contexto que recibe a la revolución triunfante. Aquellos sectores que vivían en peores condiciones apoyaron y abrazaron un modelo que, al menos en apariencia, prometía mayores oportunidades a una mayoría que literalmente sobrevivía en la miseria, un proyecto político y social de ellos, para ellos y por ellos. Los testimonios y las imágenes de las barriadas marginales de la Cuba de entonces dan cuenta de una realidad nada alentadora. Cuando la vida transcurre entre una casa de madera, aguas residuales, alimento escaso y la ausencia casi total de recursos económicos, cualquiera que llegue y le prometa la construcción de una vivienda, despierta esperanza, adhesión y pocas preguntas.
Quienes se atrevieron a preguntar o a expresar dudas quedaron atrapados en el fuego cruzado entre una mayoría que no deseaba escuchar cuestionamientos y las promesas de un sistema que ofrecía conservar cierto estatus, siempre y cuando uno se integrara plenamente en él. La presión social y política terminó por expulsar a quienes se sintieron, o fueron directamente, afectados por las medidas revolucionarias, mientras el resto se amoldó, miró hacia otro lado o, simplemente, no quiso (o no pudo) darse cuenta.
Esos que miraron hacia otro lado, muchos desgraciadamente, fueron acomodándose, al tiempo que adaptaban el sistema a sus propios intereses. Algunos ya habían nacido al momento del triunfo, otros lo hicieron en pleno proceso. Poco a poco se fue forjando una cultura de la hipocresía, la doble moral y el doble discurso: apoyar aquí para beneficiarse allá. Y aunque suene duro decirlo, esa es la Cuba que hoy heredamos los cubanos, y de manera particular, los reparteros.
La Revolución fue capaz de ofrecer ciertas mejoras en los niveles de vida de la población más pobre, impulsando proyectos urbanísticos como Alamar, concebido para alojar a miles de personas y replicado en varias provincias del país. No obstante, la distribución poblacional permaneció prácticamente intacta. Si acaso, la periferia se expandió con las nuevas barriadas, y aunque el discurso revolucionario prometía romper con las viejas jerarquías sociales, en la práctica muchas de las dinámicas urbanas heredadas sobrevivieron. Las periferias siguieron asociadas a la pobreza y a la marginalidad, mientras las zonas centrales y de mayor valor simbólico continuaron ocupadas por sectores blancos y por la nueva élite política y cultural surgida tras 1959.
Esta es, a grandes rasgos, la realidad en la mayoría de los países latinoamericanos. La diferencia es que Cuba prometió romper con ese lastre colonial y fundar una nación nueva, edificada para el bien de todos los cubanos. En el proceso, la dirigencia revolucionaria nos hizo asumir un compromiso de lucha en el que, supuestamente, quedarían atrás los males históricos que habían aquejado a la nación. En su lugar, se nos ofrecía una era de prosperidad, igualdad, educación y salud universales para todos los cubanos.
En materia cultural son numerosos los testimonios sobre los prejuicios y prohibiciones que acompañaron al nuevo orden social. La Revolución encontró enemigos en casi todos los espacios de la vida cotidiana, el concepto de diversionismo ideológico se convirtió en una frase conveniente para justificar cualquier barbaridad. Se cerraron centros nocturnos, considerados guaridas de la contrarrevolución y del libertinaje, espacios donde, según el discurso oficial, el cubano alimentaba los más espurios impulsos sexuales y lúdicos. Se censuraron artistas y algunos fueron enviados a campos de trabajo para corregir su comportamiento.
Entre neón y boleros. Los clubes que hicieron grande a una Habana que no dormía
La religión pasó a ser incompatible con la sociedad socialista, y con ello los practicantes de la religión yoruba, en su mayoría afrocubanos, así como músicos, bailarines y cantantes vinculados a ese acervo, fueron marginados, entre los católicos, se cuentan por cientos los religiosos que tuvieron que abandonar el país, las escuelas de música y arte no reconocieron las expresiones afrocubanas como parte legítima de la cultura nacional; simplemente, se consideraba que no eran música, se persiguió a quienes escuchaban los ritmos del enemigo, jazz, rock & roll, entre otros abusos de poder.
Los artistas aprendieron entonces a dar una de cal y otra de arena: complacer al discurso oficial con obras dedicadas a la épica revolucionaria, mientras, intentaban dar forma a sus verdaderas aspiraciones artísticas en aquellos géneros que no eran bien vistos.
Para enero de 1959 muchos artistas, tanto de la élite como del pueblo humilde, coincidían en la necesidad de un cambio profundo para Cuba. Por ello, muchos apoyaron y vieron con buenos ojos el nuevo proceso. No obstante, coincidir en un mismo espacio o en un mismo ideal no implica desterrar los prejuicios que cada individuo lleva consigo. La dirigencia de la nueva Cuba comprendió rápidamente la importancia del arte como herramienta para transmitir su mensaje ideológico. Y aunque censuró y borró a quienes se mostraban críticos con el sistema, a los otros, aquellos cuyas obras servían a su causa, les otorgó un tratamiento especial.
Lo que ya venía gestándose con anterioridad, se exacerbó con la crisis de los años ´90. Los artistas representaban dólares, esos tan necesarios, por lo que su tratamiento se volvió aún más diferenciado respecto al resto de la población. Mientras un cubano promedio, sin importar su profesión, ganaba alrededor de 300 pesos, los artistas cobraban por evento, por exposición o por ventas, y esas sumas podían alcanzar varios miles, según la manifestación artística, la popularidad o el nivel de enchufe.
De esa época provienen ciertos negocios semiprivados que, cuando la mayoría de la población ni siquiera podía soñarlos, sí eran una realidad dentro del mundo del arte. Se crearon fundaciones, estudios de grabación, centros de investigación y gestión de obras y más. Se asignaron casas, vehículos, vacaciones, comidas y viajes, todo ello en medio de la falta de transparencia del sistema, donde nunca tendremos certeza de cuanto dinero público se utilizó para esos fines.
Este es el contexto en el que nacen los reparteros, una sociedad cada vez más fracturada en términos sociales y culturales, con espacios de privilegio reservados para unos pocos y una inmensa mayoría enfrentada a la precariedad, la marginalidad y la pérdida de horizontes. Escasez de alimentos, crisis de vivienda, deterioro educativo, falta de espacios de ocio y una sensación permanente de incertidumbre marcaron a toda una generación que creció viendo cómo el sacrificio prometido nunca terminaba de traducirse en bienestar.
Reparto – Música Urbana – Reguetón de Cuba
De esa desesperanza surge el Reparto, de la necesidad de expresarse, pero también del rechazo, de la falta de oportunidades y del convencimiento de que el estudio o el trabajo honrado ya no garantizaban movilidad social ni una vida digna. Como antes ocurrió con el son, la rumba, el jazz afrocubano, el mozambique la timba o el rap, el Reparto apareció desde los márgenes, desde los barrios y desde aquellos sectores que históricamente han tenido que construir sus propios espacios cuando las instituciones les cerraban las puertas.
Los ´90
La desaparición del bloque socialista del Este sumió a Cuba en la crisis económica más profunda desde 1959. Todo aquello que durante décadas había permanecido cubierto por el discurso épico comenzó a resquebrajarse. Salieron a la luz las enormes dependencias económicas del modelo cubano y muchos empezamos a comprender la magnitud de los riesgos a los que el país había estado expuesto durante episodios como la Crisis de los Misiles. Se perdieron empleos, se disparó la desigualdad y el dólar irrumpió como nueva medida del valor y de la supervivencia.
El Estado cubano, que durante décadas había asumido el control casi absoluto de la economía y de la vida social, comenzó también a desprenderse, poco a poco, de muchas de las responsabilidades adquiridas tras las nacionalizaciones masivas de los años ´60. Amparado en la crisis económica, dejó de construir y reparar viviendas al ritmo necesario, mientras los servicios de salud y educación perdían recursos y capacidad de respuesta. La producción de alimentos cayó, el transporte colapsó, los apagones se hicieron cotidianos y el agua potable dejó de llegar con regularidad a numerosos barrios. Lentamente, la sociedad cubana empezó a sentirse como un lugar donde cada cual debía arreglárselas por su cuenta.
El turismo y el dólar emergieron entonces como agentes salvadores, aunque solo para quienes tenían acceso a ellos. Los trabajadores del sector turístico, los artistas, deportistas o profesionales con posibilidad de viajar al extranjero comenzaron a ocupar posiciones relativamente privilegiadas dentro de una sociedad cada vez más desigual.
Estos fueron los años del llamado Período Especial. Los años de resolver. Los apagones interminables, las bicicletas chinas, el picadillo de soya convertido en canción por NG La Banda, las colas eternas y los derrumbes de edificios. Los años de los balseros, de los zapatos rotos, de la ropa remendada y de recorrer kilómetros para conseguir algo de comida. También fueron los años de la neuropatía óptica epidémica, provocada por graves deficiencias nutricionales y asociada a la falta de vitaminas del complejo B. Millones de cubanos terminaron tomando Polivit, convertido casi en símbolo de aquella época.
En muchos lugares la supervivencia obligó a regresar al trueque. Personas de ciudad viajaban a zonas rurales para intercambiar ropa, zapatos o artículos domésticos por arroz, viandas o frijoles. Los campesinos, limitados por las restricciones estatales para comercializar libremente sus productos, participaban también de aquel mercado improvisado que florecía al margen de la legalidad.
La dolarización transformó profundamente la vida cotidiana. Llegaron inversionistas extranjeros, sobre todo europeos, y comenzó una nueva relación entre Cuba y el turismo internacional. Hoteles, discotecas y centros nocturnos se convirtieron en espacios donde circulaba un dinero inaccesible para la mayoría de los cubanos.
Fueron también los años del éxodo de las mulatas, del jineterismo. En su forma más visible, implicó prostitución femenina y masculina, pero el fenómeno fue mucho más amplio. Surgió toda una economía informal alrededor del turista: conseguir tabacos, cambiar dinero fuera del mercado oficial, alquilar habitaciones ilegalmente, facilitar transporte o acceso a determinados lugares. Muchos encontraron en ello una de las pocas formas posibles de supervivencia.
La noche habanera renació bajo nuevas reglas. Las Casas de la Música, el Salón Rojo del Capri o Tropicana volvieron a llenarse. Resurgieron muchos de los placeres y excesos que durante años habían sido condenados por el discurso oficial. En algunos escenarios se pagaba dinero a la mujer que subiera a bailar, mientras el resto teníamos prohibida incluso la entrada al lobby de los hoteles destinados al turismo extranjero.
Hubo mujeres que mantuvieron relaciones sexuales con turistas a cambio de ropa, comida o productos de higiene personal. Y mientras todo eso ocurría, el VIH comenzaba a expandirse y el país descubría que muchos de los primeros enfermos habían sido enviados al sanatorio de Los Cocos, uno de los centros de aislamiento creados por el Estado para pacientes con SIDA.
La crisis también profundizó las divisiones internas del país. Miles de personas intentaban emigrar hacia La Habana, aunque las restricciones migratorias internas obligaban a muchos a vivir ilegalmente en la capital o a comprar permisos para residir en ella. La vigilancia policial aumentó considerablemente. Era habitual que la policía pidiera identificación, especialmente a jóvenes negros o a quienes caminaban junto a extranjeros. Incluso podía cuestionarse por qué una persona se encontraba fuera del municipio que figuraba en su carnet de identidad.
Muchas familias dejaron de soñar con formar médicos, ingenieros o maestros. Ahora aspiraban a tener un hijo músico, deportista o emigrante. La emigración comenzó a verse como tabla de salvación, los matrimonios con extranjeros, como oportunidad, y las remesas enviadas desde Miami, como una de las pocas vías estables para subsistir.
La crisis de los ´90 acentuó además un fenómeno histórico que la revolución había logrado reducir parcialmente, pero nunca eliminar por completo: la brecha social, económica y cultural entre los centros urbanos más privilegiados y las periferias empobrecidas, habitadas en gran medida por población negra y mestiza.
Cambió la forma en que el mundo miraba a los cubanos. Pasamos a ser vistos como interesados, oportunistas, hipócritas, como si la humanidad entera no hubiese sobrevivido siempre negociando principios cuando el hambre aprieta. Pero sobre Cuba recaía una exigencia diferente: mantener viva la ilusión moral de la revolución. Lo que en cualquier otro lugar habría sido simple instinto de supervivencia, en nosotros se convirtió en señal de traición, doble discurso y fracaso colectivo.
¿Y la cultura? La cultura tampoco escapó a esa transformación. El arte significaba dólares. Los eventos para turistas se pagaban en dólares. Los artistas viajaban y regresaban con dólares. Los familiares emigrados, que antes habían sido condenados públicamente, ahora eran recibidos porque traían dólares en las maletas, en la ropa, en los bolsillos, en las prendas.
En medio de aquella crisis, el viejo clientelismo cubano (esa red de favores, influencias y privilegios heredada desde tiempos coloniales) se fortaleció aún más. Muchas escuelas de arte comenzaron a funcionar también como espacios atravesados por relaciones personales, favoritismos y corrupción. No pocos jóvenes talentosos quedaron fuera de esos circuitos. Y en medio de todo eso nacieron los reparteros.
Nacieron en un país marcado por la escasez, por familias fracturadas por la emigración, por padres ausentes y por una sensación constante de incertidumbre. Crecieron escuchando discursos heroicos mientras sus escuelas se deterioraban, los baños permanecían meses sin limpiarse y sus madres apenas podían comprarles un juguete o un uniforme nuevo.
Muchos vivían en solares derrumbándose en Cayo Hueso o en una quinta planta sin ascensor en el Reparto Eléctrico. Y aun así, el sacrificio seguía apareciendo como obligación permanente: la Escuela al Campo, el Servicio Militar, las movilizaciones políticas, las marchas.
Mientras tanto, ese mismo niño acompañaba a su madre a intercambiar unas botas viejas por un poco de arroz en Artemisa, cargaba agua porque ese día no tocaba servicio en el barrio o aprendía desde pequeño a cuidarse de la policía, del jefe de sector o del CDR. Había que poner buena cara, evitar problemas y conseguir una carta de recomendación si algún día hacía falta. Que no se siente en la esquina que lo van a acusar de vago, que no se meta en problemas en la beca. ¡La cosa está mala!, dejó de ser una frase pasajera y se convirtió en forma de vida.
Esa es la Cuba de los reparteros. Un país donde la precariedad, el enchufe, la doble moral y las enormes diferencias sociales han terminado normalizándose. Una sociedad donde una élite política y económica accede a privilegios imposibles para la mayoría; casas amplias, viajes al extranjero, acceso a divisas y oportunidades educativas fuera del país, mientras millones siguen atrapados en la supervivencia cotidiana.
Y es precisamente desde ese entorno (desde la frustración, la marginalidad y la necesidad de hacerse escuchar) que comenzará a surgir una nueva manera de hablar, vestir, bailar y hacer música. Ahí empieza la historia del Reparto.
Arte y élites
El arte en la Cuba anterior a la revolución era, como en casi todos los países latinoamericanos, un espacio dominado por las élites. Eran ellas quienes decidían qué podía considerarse cultura y qué debía quedar relegado a la categoría de lo popular, lo vulgar o el folclor. Todo aquello que nacía fuera de los círculos académicos o de las instituciones culturales era visto como una expresión menor, aunque fuese precisamente ahí donde latía con más fuerza la vida real del país.
Sin embargo, el arte nunca ha pedido permiso para existir. Surge de manera natural allí donde el ser humano necesita contar su época, sus dolores, sus deseos o sus contradicciones. Por eso gran parte de los músicos y creadores cubanos nacieron fuera de la educación formal. Aprendieron en la calle, en los solares, en los carnavales, en los cabildos, escuchando tocar a otros o improvisando con lo poco que tenían a mano.

En Cuba, esa tensión entre cultura oficial y cultura popular atraviesa también la historia reciente de la música cubana, aquello que fue etiquetado como folclor está más presente que nunca. Sigue vivo en la rumba de los barrios, en la liturgia yoruba, en la décima campesina, en la conga santiaguera y en las múltiples mezclas que constantemente produce la cultura popular cubana. La música cubana jamás ha sido estática; se alimenta de lo que ha creado, de lo que encuentra nuevo y lo transforma.
La timba: cuando el barrio recuperó la pista
Durante los años ´90, mientras el mundo bailaba salsa, en Cuba comenzaba a gestarse otra cosa. Para el bailador cubano, aquella salsa internacional resultaba demasiado contenida. Faltaba agresividad, ritmo, presión. Hacía falta una música que sonara más cercana al caos, a la energía y a la intensidad de la isla. Nace la timba, con su baile (que sigue siendo Casino) pero evolucionado, más complejo y más duro en proporción a lo que suena.
La timba evolucionó el son tradicional y le añadió elementos del jazz afrocubano, del funk, de la rumba y en general de las músicas populares cubanas para construir una sonoridad mucho más dura y explosiva. Los metales ganaron protagonismo, los bajos se volvieron más agresivos, los tumbaos y los coros comenzaron a ocupar el centro emocional de las canciones. Ya no bastaba con escuchar; había que sentir el golpe físico de la música.
Agrupaciones como la Orquesta Revé, Los Van Van, NG La Banda, Charanga Habanera o Paulito FG marcaron el rumbo de una generación que convirtió el baile en una experiencia corporal mucho más agresiva y transformó la manera de bailar en Cuba. La música cubana volvió a endurecerse, como tantas veces había ocurrido a lo largo de su historia. El Casino tradicional comenzó a mezclarse con movimientos individuales, influencias de la rumba, de las danzas yorubas y de la conga santiaguera. El cuerpo ganó independencia, el bailador cubano dejó de moverse únicamente en pareja, ahora también arrollaba, ocupaba espacio, desafiaba, improvisaba. El repartero heredará precisamente esa corporalidad.

En este proceso de desarrollo constituye un elemento interesante la duración de las canciones que deviene continuación de la tradición musical cubana. En Cuba la música no se piensa únicamente para ser escuchada, sino para sostener la energía colectiva mientras el público siga respondiendo. Por eso las canciones pueden extenderse durante quince minutos y los conciertos durar horas con apenas unos pocos temas.
Esta lógica proviene de tradiciones mucho más antiguas como la conga, donde el ritmo avanza hasta agotar al cuerpo, de la liturgia afrocubana, donde el tiempo musical depende de la intensidad espiritual del trance y no del reloj, y de la descarga cubana, donde cada músico improvisa hasta que el grupo siente que la idea ha quedado expresada completamente. En la música popular cubana, la repetición no es un defecto, es participación y comunidad.
Hoy la timba es reconocida como una de las grandes expresiones musicales cubanas contemporáneas, no obstante durante sus primeros años fue duramente criticada. Muchos músicos e intelectuales la consideraban vulgar, escandalosa y demasiado cercana al lenguaje del barrio. Sus letras hablaban sin filtros de jineterismo, escasez, sexo, marginalidad, religión y supervivencia cotidiana. Era la música del Período Especial. Y precisamente por eso conectó con tanta fuerza con la población.
Mientras parte de la oficialidad cultural la rechazaba, miles de jóvenes llenaban conciertos, repetían coros y encontraban en aquella, una representación mucho más honesta de la Cuba que estaban viviendo. La timba terminó haciendo lo que tantas veces hace la cultura popular, sobrevivir al desprecio inicial y convertirse después en símbolo nacional.
Para leer la segunda parte: De la utopía al desencanto: la Cuba que heredaron los reparteros. Parte II

