España, Junio de 2025.
Recientemente, la cantante colombiana Karol G. ha lanzado su nuevo disco Tropicoqueta. En el fonograma la artista realiza un recorrido por diferentes ritmos de Latinoamérica. Uno de ellos, el tema que da nombre al álbum, utiliza un sampleo del clásico cubano Mambo No. 5, de la autoría de Dámaso Pérez Prado. El resultado es una versión fresca y comercial, pensada para un público global, donde la mayoría no sabe que esta música —su corazón rítmico— es de origen cubano. Ejemplo del peso y la pegada de nuestra música.
Esto me lleva a una incomodidad no resuelta y génesis de este Directorio. Una vez más perdemos la oportunidad de valorar y posicionar nuestra música, la música cubana. El hecho de que otros artistas la retomen para llevarla al mercado internacional no es negativo, pero sí lo es que nosotros mismos, como cubanos, no la apreciemos lo suficiente para mantenerla viva y presente en la creación contemporánea.
La crítica no es hacia Karol G. ni hacia otros artistas extranjeros —su éxito contribuye a darle visibilidad a nuestros géneros—, sino hacia nosotros mismos como cubanos. Nos falta darle a nuestro patrimonio musical el lugar que merece en la creación contemporánea. Nos falta valorar, investigar, reinterpretar y actualizar estos géneros para que sigan vivos, para que las nuevas generaciones los escuchen con orgullo y para que, cuando un artista internacional utilice un sampleo cubano, todos podamos decir: sí, esto es nuestro.

Cuba es una cantera de géneros musicales únicos e irrepetibles: el mambo propiamente, el son, la rumba, el guaguancó o el danzón, todos han marcado la banda sonora de Cuba, de América y del mundo. Sin embargo, con frecuencia quedan relegados al ámbito de lo antiguo o lo típico, mientras que otras expresiones musicales actuales ganan protagonismo en los oyentes, en la radio y las listas de reproducción.
Entiendo que en un país con tanta música sea difícil conformarse con lo que ha hecho otro. Cada artista y cada generación de artistas quiere hacer su aporte único a la historia musical de Cuba y buscan, con intensidad casi febril, el nuevo ritmo, el nuevo género, el que movió a más cubanos que el anterior. Todo esto es bueno, Cuba desde su geografía casi mínima aporta al mundo grandes géneros cuya influencia es global. Podemos pararnos al lado de gigantes como Brasil o Estados Unidos y esta tríada se forma desde una isla que no supera los 11 millones de habitantes, esta es una realidad brutal.
A la vez esta arista positiva en la búsqueda del último género nos pasa factura porque desatendemos los que ya estaban, y con esto, prácticamente los estamos regalando a esos que no tienen los problemas que ya sabemos confrontamos los cubanos, a esos que saben como colocar un tema en una lista de éxitos y vender un disco. Nos llevamos las manos a la cabeza cuando sale una canción y reconocemos lo cubano en ella, pero a esa altura ya es tarde, estaba ahí pero no lo hicimos, no lo vimos.
Creo que nuestro problema (que también es un problema latino) es la falta de estima. En Cuba particularmente ponderamos, adoramos lo foráneo, eso es lo que está bueno, lo que tiene calidad. Gran parte de responsabilidad tienen aquellos que nos colonizaron, que nos ocuparon, que nos engañaron, pero hasta cierto punto. Hoy por hoy somos o podemos ser conscientes de que parte de nuestro lastre se debe a la mala propaganda en nuestra contra, sabemos que en esta parte del mundo (América Latina) hemos hecho grandes aportes a la humanidad a la altura de aquello hecho por europeos, japoneses o estadounidenses. Sin embargo seguimos arrastrando ese pensamiento/actitud colonial de inferioridad que proyectamos en nuestra falta de aprecio a lo nuestro.
La gente que en Cuba se dedica a estudiar la música, los géneros (como decía José Luis Cortés, los científicos de la música) saben que casi cada ritmo, género popular nuevo e incluso sus intérpretes fueron criticados, poco valorados, calificados como chabacanos, etc. Esos mismos géneros son hoy bandera de la música de Cuba, tanto para el público como para los científicos, esos géneros son hoy las guías del proceso cultural cubano, sin embargo, me asombra como el nuevo género o ritmo, el reparto, es criticado desde esas alturas y vuelta la rueda a empezar. Un dejá vú de lo que ocurrió con el danzón, el son, la timba y otros.
Aunque es tema para otro artículo dejo dicho que el reparto se califica como chabacano, misógino, marginal, alejado de los valores de la juventud cubana. A esos científicos les recuerdo que la música cubana está plagada de despechos, desamores, traiciones y sin estos sentimientos no existiría bolero, no habría filin, les recuerdo que así de chabacano y marginal fue calificado Benny Moré, Rolando Laserie, Tata Güines, Chano Pozo y muchos más. Entonces creo que debemos pensar mejor a la hora de abordar qué pasa con la música popular cubana actual de manera mucho más profunda y mucho más seria.
Pero volviendo al tema de este escrito, insisto en que los cubanos, artistas o no, debemos preocuparnos un poco más por eso tan valioso y nuestro que es la música, revitalizar los géneros tradicionales, darles un toque fresco, contemporáneo, como ahora está haciendo Karol G., mientras alternamos con los ritmos nuevos. En definitiva lograr un equilibrio entre lo que suena ahora y lo que sonó antes.
Los medios
Aquí hay que hacer punto y aparte porque pareciera que los medios de difusión masiva de Cuba estuvieran trabajando pa´l inglé. Me espanta sobre todo escuchar radiar temas cubanos en emisoras que incluso tienen alcance internacional y que se pierda la oportunidad de mencionar a los autores, a los músicos cubanos. Por estos días se pasa muchísimo el tema NUEVAYoL de Bad Bunny, en la radio cubana jamás he oído mencionar que este tema es una versión de un tema escrito por un cubano: Justi Barreto. La Tropicoqueta también la escuché la primera vez en la radio de Cuba, aunque el mambo está ahí clarito nadie, ni locutores, ni guionistas, ni directores se dan por enterados.
Entonces sí, en Cuba hay un montón de problemas, escasea todo, hay censura, en su columna del Estornudo Rafa G. Escalona refiere: Para que exista una industria musical cubana sostenible, hace falta algo más que talento: se necesita un marco legal que respalde el emprendimiento cultural, una reforma del sistema de derechos de autor, conectividad estable, pasarelas de pago funcionales, alianzas público-privadas y, sobre todo, libertad creativa sin tutelaje político. Pero en el modelo actual, nada de eso se vislumbra como posibilidad real.
Con todo este panorama adverso aún podemos, todos, hacer un poco más desde lo nuestro y para lo nuestro. Deberíamos dar saltos de alegría, estar orgullosos de ese legado que gente top pero muy top reutiliza porque simplemente no hay manera de escapar de la música cubana. El sabor, el gozor, la sandunga no nos la quita nadie, solo que tenemos que rendirnos más honores a nosotros mismos.
La música cubana no debería convertirse en una pieza de museo ni en un recurso exótico para otros. Es una tradición viva que sigue teniendo mucho que aportar al presente y al futuro de la música global. Es responsabilidad de todos —compositores, intérpretes, arreglistas, productores, promotores y oyentes— darle el valor que merece y garantizar que esta herencia no solo sobreviva, sino que evolucione y conquiste nuevos espacios.
Si no somos nosotros los primeros en celebrar nuestro sonido, otros lo harán, y la historia musical de Cuba seguirá viajando por el mundo como una especie de sello anónimo, mientras que a nosotros solo nos quedará el orgullo silencioso de saber que una gran obra tiene nuestro ADN.

