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De la utopía al desencanto: la Cuba que heredaron los reparteros. Parte II

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España, mayo 2026.

Rock y rap: los hijos incómodos de la Revolución

El rock y el rap atravesaron un proceso similar.

El rock llegó a Cuba prácticamente al mismo tiempo que al resto de América Latina. Durante los años 1950-1960, muchos jóvenes escuchaban a Elvis Presley, Bill Haley o The Beatles a través de la radio y de discos estadounidenses. Sin embargo, tras el triunfo revolucionario, el género comenzó a asociarse con el enemigo ideológico y con la decadencia moral del capitalismo norteamericano.

Durante años, ser rockero en Cuba significó moverse en los márgenes. Aun así, el género sobrevivió en garajes, en fiestas clandestinas, en grabaciones copiadas de mano en mano y en jóvenes que construían guitarras improvisadas o captaban emisoras extranjeras. Más tarde aparecerían bandas como Síntesis o Zeus, que comenzarían a mezclar el rock con elementos afrocubanos y con la realidad nacional.

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Opatereo, Grupo Síntesis

El rap tuvo un origen distinto, pero una relación parecida con la marginalidad. Llegó a finales de 1980 a través de casetes traídos por marinos, emigrados y viajeros, especialmente a barrios periféricos de La Habana como Alamar. Muy pronto, jóvenes negros y mestizos encontraron en el Hip-hop una herramienta perfecta para hablar de racismo, pobreza, brutalidad policial, desigualdad y frustración generacional.

Por primera vez en mucho tiempo aparecía una música donde los jóvenes hablaban sin metáforas. Eso convirtió al rap en un fenómeno incómodo. Grupos como Obsesión, Krudas, Anónimo Consejo, Doble Filo u Orishas comenzaron a construir una narrativa distinta sobre la realidad cubana. No hablaban de la épica revolucionaria, hablaban del barrio, de la discriminación, de la doble moral y del cansancio acumulado.

Tanto rockeros como raperos recibieron durante años muy poco apoyo institucional. Sin embargo, el crecimiento de ambos movimientos obligó al Estado a institucionalizarlos parcialmente mediante la creación de la Agencia Cubana de Rap y, años más tarde, la Agencia Cubana de Rock, no obstante, siguieron siendo espacios incómodos.

El rap, además, provocó algo importante a nivel estético y racial. Muchos jóvenes negros comenzaron nuevamente a llevar el cabello afro, vestir símbolos asociados a su herencia africana y reivindicar públicamente una identidad afrocubana que durante años había sido invisibilizada o tolerada solo en espacios folclóricos y turísticos.

Ambos géneros representaban lo mismo, la necesidad de aquellos cubanos jóvenes de expresarse con libertad, de contar su verdad, en medio de disímiles carencias y fallas del sistema.

Los marginados también marginan

Sin embargo, existe una ironía constante en la historia cultural cubana: muchas veces los géneros que nacieron siendo rechazados terminan rechazando a los que vienen después.

Los timberos, que habían sido acusados de vulgares en los ´90, miraron con desprecio al rap. Muchos raperos, que durante años denunciaron exclusión y censura, también despreciaron las nuevas músicas comerciales surgidas en los barrios. Volvió a abrirse la vieja división entre música consciente y música comercial.

Pero mientras intelectuales, músicos y críticos discutían sobre calidad artística, el pueblo seguía bailando y en los barrios cubanos ya se estaba gestando otra transformación musical.

Reguetón y Reparto

A finales de los años ´90 y comienzos de los 2000, el Caribe entero comenzó a moverse al ritmo del reguetón. Desde Panamá y Puerto Rico llegaban nuevas sonoridades construidas sobre bases repetitivas, letras directas y una relación mucho más agresiva entre música y cuerpo. Aquello conectó rápidamente con la juventud cubana, especialmente con quienes habían crecido en medio de la crisis económica, la precariedad y la pérdida de expectativas colectivas.

Cuba, sin embargo, nunca se limita a copiar una música extranjera. El reguetón que empezó a sonar en La Habana fue absorbiendo la lógica musical cubana, la importancia del coro, la percusión, la improvisación, el lenguaje callejero y, sobre todo, la necesidad de hacer bailar. Poco a poco, aquel ritmo importado comenzó a transformarse hasta convertirse en algo distinto, algo profundamente atravesado por la experiencia del barrio cubano.

El reguetón cubano creció precisamente en ese vacío entre la desaprobación institucional y el entusiasmo popular. Sonaba en fiestas, solares, taxis y barrios enteros mucho antes de ser aceptado por los medios oficiales. La calle terminó funcionando como la verdadera plataforma de difusión.

La nueva generación aprendió además algo fundamental del movimiento rapero: que la música podía sobrevivir sin depender completamente de las instituciones culturales. Los discos comenzaron a circular de mano en mano, primero en CD grabados y más tarde en memorias USB y paquetes informales. Muchos artistas regalaban canciones a choferes, vendedores ambulantes y bicitaxistas para que sonaran durante todo el día en espacios públicos. La ciudad entera se convirtió en un sistema alternativo de promoción musical.

video Gente de Zona - El animal
El animal – Gente de Zona

Fue dentro de esa lógica de autogestión, circulación callejera y apropiación popular donde el Reparto terminó consolidando su identidad propia. No nació desde academias, conservatorios ni grandes disqueras, sino desde los márgenes urbanos y desde una generación que entendió rápidamente que, para existir, primero tenía que sonar.

Fueron populares agrupaciones y artistas como Eddy K, Gente de Zona, Chacal y Yakarta, Los Desiguales, Elvis Manuel y muchos otros que comenzaron a construir una escena nueva desde los márgenes. Algunos provenían del rap, otros de la timba, otros simplemente eran muchachos de barrio con una computadora improvisada, un micrófono barato y la necesidad urgente de hacerse escuchar.

El nuevo género tampoco fue recibido con entusiasmo por buena parte de la intelectualidad artística ni por las instituciones culturales. Para muchos, aquello no era música, sino ruido comercial, un producto vulgar, repetitivo y sin valor artístico. No obstante este nuevo ritmo encontró en la juventud identificación popular y la calle lo adoptó rápidamente, convirtiendo a la ciudad en una enorme bocina informal. De este proceso nace el Reparto.

El Reparto es la cubanización definitiva del reguetón mezclado con la percusión cubana, con los códigos de la timba, con la estructura del coro sonero, con la energía de la conga y con el lenguaje callejero habanero. El objetivo sigue siendo el mismo que en casi toda la música popular cubana: hacer bailar.

Las letras muchas veces parecen fragmentadas, improvisadas o incluso absurdas. Pero el centro del Reparto no está en la narrativa tradicional, sino en el impacto colectivo del coro. El coro funciona como una consigna popular, una frase reconocible, un código compartido por el barrio. Puede nacer de una discusión callejera, de una expresión popular, de una broma o de una aspiración. Lo importante no es la sofisticación poética, sino el reconocimiento inmediato del público.

Por eso el Reparto no se escucha únicamente, en el Reparto se participa.

Como ocurrió antes con la timba, el Reparto heredó rápidamente el rechazo de quienes lo consideraban una degradación cultural. Se le acusa de obsceno, misógino, violento y vulgar. Y ciertamente muchos de esos elementos están presentes en sus letras y en su imaginario. El sexo explícito, la exhibición económica, la violencia verbal y la hipermasculinidad forman parte visible de buena parte del género. Pero reducir el fenómeno únicamente a eso sería demasiado simple.

Muchos de aquellos jóvenes crecieron en barrios marcados por la precariedad, la emigración familiar, el deterioro urbano y la falta de perspectivas reales de ascenso social. Las escuelas de arte y los conservatorios, atravesados por favoritismos, burocracia y redes de influencia, dejaron fuera a numerosos muchachos que jamás tuvieron acceso real a una formación académica. Algunos intentaron entrar varias veces, otros aprendieron solos, grabando en cuartos improvisados y construyendo estudios caseros con recursos mínimos.

Durante décadas existió además un espacio que ayudó a canalizar parte de ese talento popular: las Casas de Cultura. Allí muchos niños y jóvenes encontraron maestros, instrumentos y posibilidades de formación artística fuera de la enseñanza profesional. Sin embargo, con el deterioro económico, buena parte de ese trabajo comunitario desapareció o quedó reducido a mínimos.

Reparto – Música Urbana – Reguetón de Cuba

La historia de Elvis Manuel resume, como pocas, la tragedia y las contradicciones de toda una generación. Considerado uno de los pioneros del reguetón cubano y figura fundamental para artistas posteriores como Chocolate MC, Elvis se convirtió, o lo convirtieron, en símbolo de aquellos jóvenes que encontraron en la música una salida posible. Tenía apenas 18 años cuando desapareció en el mar intentando llegar a Estados Unidos. Según numerosos testimonios, buscaba las oportunidades que aquellas instituciones culturales le prohibían en Cuba. Su cuerpo nunca apareció y su figura quedó convertida en mito dentro de la cultura urbana cubana.

Asimismo el Reparto hereda muchas de las contradicciones profundas de la sociedad cubana. Sus artistas pueden dedicar canciones enteras a sus madres y, al mismo tiempo, reproducir visiones extremadamente machistas sobre las mujeres. Pueden rechazar el sistema mientras reproducen algunas de sus mismas lógicas de poder, jerarquía y exclusión. Pueden soñar con abandonar el barrio y, a la vez, construir toda su identidad alrededor de él. Como ellos refieren, le deben todo al barrio.

Y quizás ahí radica una de las claves fundamentales del fenómeno. El Reparto no nace desde la estabilidad ni desde la esperanza. Nace desde la urgencia. Desde una generación que creció viendo cómo se deterioraban las promesas colectivas, cómo la supervivencia desplazaba a los discursos y cómo cada vez parecía más difícil encontrar un lugar dentro del país.

Por eso el Reparto habla alto, exagera, provoca y desafía. Porque necesita llamar la atención de una sociedad que durante mucho tiempo decidió no mirar hacia esos márgenes. Y aunque muchos intenten presentarlo como una anomalía dentro de la cultura cubana, en realidad el reparto continúa una tradición profundamente nacional: la de convertir la precariedad, la marginalidad y la vida cotidiana en música colectiva.

Hacer el Reparto mundial

Los reparteros son hijos de la crisis, de la periferia, de la emigración, del desencanto político y también de una tradición musical gigantesca que Cuba nunca ha dejado de producir, incluso en sus peores momentos. Muchos crecieron en barrios donde la violencia, la precariedad y la falta de perspectivas convivían diariamente con una creatividad desbordante. No encontraron vías institucionales reales para canalizar su talento. El arte oficial rara vez hablaba de su realidad. El Reparto sí.

Durante décadas, buena parte de la enseñanza artística cubana privilegió la formación académica europea como modelo superior de cultura. En muchos espacios se consideraba más legítimo estudiar a Chaikovski que comprender la complejidad musical de los pianistas populares cubanos que construyeron la identidad sonora de la isla. Mientras tanto, nombres fundamentales de la música nacional eran reducidos a música menor, popular o simplemente vulgar; Antonio María Romeu, Cheo Belén Puig, Pérez Prado, Peruchín, Juana Bacallao, Rubén González, Lilí Martínez, Celeste Mendoza y tantos otros ayudaron a construir la arquitectura musical de Cuba desde espacios históricamente despreciados por ciertas élites culturales.

video Musteerifa & Payaso x Ley
Las ganas, Payaso x Ley & Musteerifa

El Reparto surge también como respuesta a esa fractura histórica entre la cultura oficial y la cultura popular. Y, sin embargo, quizás la mayor contradicción del fenómeno sea que el género más atacado, ridiculizado y despreciado por amplios sectores culturales ha terminado convirtiéndose, probablemente, en uno de los espacios más inclusivos de la música cubana contemporánea.

A diferencia de otros movimientos musicales anteriores, en el Reparto las colaboraciones constantes entre artistas son parte esencial del género. Los reparteros entienden la música como una construcción colectiva. Se invitan, se mencionan, se impulsan mutuamente y construyen redes de apoyo mucho más visibles que las que existieron históricamente dentro de otros espacios musicales cubanos marcados muchas veces por el ego, las rivalidades o el elitismo artístico.

También resulta significativo quiénes aparecen representados dentro de esa estética. En los videoclips del Reparto abundan rostros negros, cuerpos negros, mujeres negras y barrios negros, algo que históricamente no ocupó espacios centrales dentro de buena parte de la videografía comercial cubana. Incluso dentro de un género profundamente masculino y atravesado por múltiples contradicciones machistas, comienzan a aparecer mujeres artistas, incluidas mujeres lesbianas, ocupando espacios de visibilidad que durante décadas les fueron negados en otros entornos musicales mucho más conservadores.

No significa que el Reparto haya resuelto los problemas estructurales de racismo, machismo o exclusión presentes en la sociedad cubana. Sería ingenuo afirmarlo, pero sí evidencia que una nueva generación intenta construir sus propios códigos de representación y pertenencia desde los márgenes.

Y quizás ninguna frase resume mejor esa aspiración colectiva que la consigna repetida una y otra vez por los propios artistas: Hacer el reparto mundial.

Detrás de esa frase aparentemente simple existe una comprensión muy profunda de la historia cultural cubana. Estos jóvenes, muchos sin formación académica y provenientes de contextos extremadamente difíciles, parecen haber entendido algo que durante años la institucionalidad cultural y la intelectualidad cubana no logró resolver. La música cubana necesita proyectarse al mundo desde la unión y no desde la fragmentación.

Durante décadas, la música de Cuba fue aislada, estigmatizada, utilizada o directamente apropiada por industrias y artistas que muchas veces obtuvieron reconocimiento internacional gracias a sonoridades nacidas en Cuba. Existen innumerables canciones cubanas versionadas o reinterpretadas internacionalmente sin que buena parte del público siquiera conozca su origen. Durante años proliferó el uso abusivo del DR en créditos musicales, borrando nombres de compositores cubanos de la historia oficial de la música popular. Mientras tanto, el mundo continúa discutiendo si la salsa es cubana o no, y los grandes premios internacionales siguen sin otorgar a la música cubana un espacio proporcional a su impacto histórico en la música latinoamericana y mundial.

En medio de ese contexto, resulta extraordinario que precisamente estos muchachos de barrio, tantas veces descritos como vulgares o incultos, hayan sintetizado una intuición cultural tan poderosa: si los cubanos no defendemos y posicionamos nuestra música, nadie lo hará por nosotros.

Hacer el Reparto mundial no significa únicamente internacionalizar un género. Significa defender la presencia cubana dentro de una industria musical global que históricamente ha absorbido, transformado y muchas veces invisibilizado el aporte cultural de la isla. Y en esa aspiración también aparece otra realidad inseparable de la Cuba contemporánea, la relación entre la isla y su diáspora. El Reparto existe simultáneamente en La Habana y en Miami, en Cuba y fuera de Cuba. Circula entre quienes se quedaron y quienes se fueron. Su público comparte códigos culturales, lenguaje, humor, nostalgias y aspiraciones comunes a ambos lados del estrecho de la Florida. Pocas expresiones culturales recientes reflejan de manera tan clara esa continuidad emocional entre Cuba y su emigración.

Pero precisamente por todo esto, la nueva generación de artistas reparteros enfrenta también un enorme desafío. La historia de la música cubana demuestra que, una y otra vez, industrias, artistas y productores extranjeros se han acercado a los géneros nacidos en la isla para apropiarse de ellos, reformularlos y finalmente comercializarlos como productos ajenos a su origen. Ese peligro ya comienza a rodear al Reparto.

Por eso quizás el mayor reto para esta nueva generación no sea únicamente alcanzar éxito internacional, sino hacerlo sin perder conciencia de lo que representan. Colaborar, crecer y expandirse no debería implicar renunciar a la defensa de la cubanía ni permitir que el género termine desconectado de la realidad social y cultural que lo hizo nacer. Porque, al final, el Reparto no es solamente música. Es también memoria social, identidad, resistencia cultural y necesidad de existir. Y tal vez ahí resida su verdadero valor histórico.

Para leer la primera parte: De la utopía al desencanto: la Cuba que heredaron los reparteros. Parte I

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