Mario Dreke Alfonso, universalmente conocido como Chavalonga, nació en el barrio de Atarés, en La Habana, en una época en la que la ciudad bailaba al ritmo de los tambores y los cantos populares emergían de solares, calles y patios. Creció en un entorno profundamente ligado a las tradiciones afrocubanas y a la hermandad Abakuá, siendo un orgulloso integrante de la potencia Isun Efo Sankobio, a la que también estuvo vinculada su familia y donde fue reconocido como Oboneque Isun Efo Sancobio Bongo Yukagua.
Desde niño estuvo rodeado por el ambiente rumbero que caracterizaba a numerosos barrios habaneros. Su padre lo llevaba a fiestas y celebraciones donde pudo conocer de cerca a figuras legendarias de la rumba. Aquellas experiencias marcaron su destino y le permitieron absorber los conocimientos de los grandes cultores del género en una época en que los negros hacían música con instrumentos improvisados, construidos con cajas de madera o cualquier objeto disponible.
Su talento artístico se manifestó tempranamente. Cantante, bailarín, percusionista y compositor, desarrolló una personalidad escénica que lo distinguió entre los rumberos de su generación. A los 12 años comenzó a participar activamente en la vida cultural de su barrio y poco después se convirtió en uno de los impulsores de la Comparsa Los Marqueses de Atarés, agrupación que llegó a convertirse en una de las más representativas de los carnavales habaneros. En ella compartió con reconocidos músicos y bailadores de la época, al tiempo que daba sus primeros pasos como compositor.

Aquellas vivencias tempranas moldearon su manera de entender la rumba y el papel que esta desempeñaba dentro de la comunidad afrodescendiente cubana. Años más tarde recordaría aquellos tiempos con palabras que revelan tanto su pensamiento como la realidad de una época en la que la tradición se transmitía de forma oral: Para ser rumbero había que ser negro y sentirlo. Había que acercarse a los consagrados y comprender su concepto, su fundamento. En mi niñez no abundaban los tambores, se tocaba sobre cajas de velas, cajas de bacalao o cualquier superficie que sirviera para sacar un ritmo. Hasta los escaparates se convertían en instrumentos. Un buen bailarín debía observar los pasos, vivir la música y dominar la métrica. El cantante, por su parte, tenía que conocer la clave, porque ahí estaba el principio de la rumba. Yo bailaba y cantaba bien, con una voz de tenor fuerte y nasal.
Con el paso de los años, Chavalonga se consolidó como una de las figuras imprescindibles de la rumba cubana. Considerado un referente del guaguancó y reconocido popularmente como el Rey de la Tahona, fue identificado como el creador de este ritmo dentro de la tradición rumbera cubana. Su maestría como cantante, bailador y percusionista lo convirtió en una de las personalidades más influyentes de las tradiciones musicales afrocubanas, ganándose el respeto de músicos, investigadores y cultores de la rumba dentro y fuera de Cuba.
Chavalonga perteneció a una generación excepcional de artistas populares que contribuyeron decisivamente a la consolidación de la rumba como expresión fundamental de la cultura cubana. Compartió escenarios y vivencias con figuras como Chano Pozo con quien aprendió a tocar la tumbadora, El Chori, Malanga o Andrea Baró, con quienes desarrolló una intensa actividad artística. Su dominio del canto, el baile y la percusión, unido a una profunda comprensión de las raíces culturales y religiosas de la rumba, le permitieron crear un estilo propio que lo convirtió en una referencia para las generaciones posteriores.
Movido por fuertes convicciones personales participó en acciones dirigidas a combatir la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana. Aquella experiencia estuvo marcada por el riesgo y la incertidumbre, dejando una huella profunda en su memoria y en su visión de la vida. Me dolían las injusticias, decidí ir a tumbar al dictador Trujillo en Santo Domingo. Yo era capitán del barco La Aurora, que le llamaban el barco fantasma. Lo cargamos de armas y nos atraparon en Puerto Príncipe, estoy vivo de milagro, contaría años después.
En 1942 realizó una de sus primeras presentaciones profesionales en el cabaret Ali Bar, iniciando una carrera que pronto trascendería las fronteras cubanas. Durante la década de 1940 viajó a México, donde tuvo la oportunidad de trabajar junto a Benny Moré en distintos escenarios. Aquella etapa amplió su experiencia artística y le permitió relacionarse con algunas de las figuras más importantes de la música popular cubana que desarrollaban su actividad profesional en el país azteca.
Su presencia no se limitó a los escenarios musicales. También participó en producciones cinematográficas, apareciendo en la película Sucedió en La Habana y años más tarde en La última cena, obra emblemática del cine cubano dirigida por Tomás Gutiérrez Alea. Asimismo, intervino en otros proyectos audiovisuales dedicados a documentar las tradiciones afrocubanas y el universo de la rumba.
Antes de 1959 desarrolló una intensa actividad artística en los cabarets de la Playa de Marianao, uno de los principales centros nocturnos de la capital cubana. Allí formó parte de espectáculos que atraían tanto a públicos nacionales como extranjeros ávidos de conocer y vivir las expresiones más auténticas de la cultura popular cubana. Durante toda su vida defendió la dignidad de la rumba y contribuyó a su reconocimiento dentro de los espacios culturales del país.
Tras el triunfo revolucionario continuó desempeñando una importante labor artística y pedagógica. Trabajó en el Hotel Internacional de Varadero y posteriormente en el Hotel Habana Libre, donde participó en la formación de jóvenes en la Escuela de Instructores de Arte. Su experiencia y conocimientos lo convirtieron en un valioso transmisor de las tradiciones musicales y danzarias afrocubanas.
Uno de los acontecimientos más trascendentales de su trayectoria fue su participación como miembro fundador del Conjunto Folklórico Nacional de Cuba. Integrarse a esta institución le permitió ampliar sus conocimientos sobre los repertorios yoruba, arará, carabalí y otras manifestaciones tradicionales. Desde allí desarrolló una intensa labor artística que lo llevó a presentarse en numerosos países de Europa, África y América, convirtiéndose en uno de los más importantes embajadores de la cultura cubana.
Durante sus giras internacionales actuó ante miles de espectadores y recibió el reconocimiento de públicos muy diversos. Particularmente memorable contaría que fue su participación en Brasil, donde sus interpretaciones inspiradas en los cantos y tradiciones afrocubanas provocaron una profunda emoción entre los asistentes. También realizó presentaciones en países como Finlandia, Polonia, Argelia, Francia y España, experiencias que alimentaron su creatividad como compositor.
A lo largo de su carrera escribió numerosas piezas musicales, algunas inspiradas en los lugares que visitó durante sus viajes. Entre ellas sobresalen composiciones nacidas de sus experiencias en Argelia, París y España, reflejando su capacidad para transformar las vivencias cotidianas en creación artística.
Además de su labor como intérprete, Chavalonga fue un importante portador de saberes tradicionales. Investigadores, músicos y estudiosos de distintas partes del mundo acudían a él para conocer detalles sobre la rumba, la cultura popular y las prácticas religiosas afrocubanas. Su hogar en Atarés se convirtió en un espacio de encuentro donde compartía historias, enseñanzas y recuerdos de una época fundamental para la historia cultural cubana.
Reconocido como uno de los grandes maestros de la rumba en Cuba, referente histórico del guaguancó y creador de la Tahona, dedicó su vida a preservar y difundir un patrimonio que consideraba inseparable de la identidad nacional. Su nombre quedó asociado a la autenticidad, el conocimiento profundo de las tradiciones populares y la defensa de las raíces afrocubanas.
Mario Dreke Alfonso falleció en La Habana en 2007, sin embargo, su legado continúa vivo en los tambores, en los escenarios, en las comparsas y en la memoria de quienes encuentran en la rumba una de las expresiones más genuinas de la cultura cubana. Su historia permanece como la de un artista excepcional que dedicó toda su existencia a mantener vivas las tradiciones de su pueblo.
Obras
- Los gorritos.
- EL mejor torero.
- La rubia de París.
- Oye lo que te voy a decir.
- Muñequita.
- Los barrios unidos.
- Palo quimbombó.
- Cuando se pierde un amigo.
Discografía
- En el barrio de Ataré – Chavalonga: El Rey de la Tahona / 2003.
- Rapsodia rumbera de varios artistas / 1995.



