En Bejucal, un pueblo donde el ritmo parece haber sido entregado por fuerzas superiores, el tambor no es solo un instrumento, es un destino. Quien nace allí hereda, casi sin darse cuenta, una pulsación interna que despierta con el primer repique de conga. Para los bejucaleños, los tambores no se aprenden, se reciben. Son vida, oficio y orgullo. Y en el corazón de ese latido colectivo se levantan los Tambores de Bejucal, una agrupación que, más que un conjunto musical, es la memoria sonora de su pueblo.
La historia de esta tradición no empieza en un escenario, sino en la calle. Desde el siglo XVIII, Bejucal celebra sus famosas Charangas, una de las fiestas populares más antiguas y emblemáticas de Cuba. Allí, dos bandos rivales: La Ceiba de Plata, azul con su alacrán, y La Espina de Oro, roja con su gallo, se enfrentan con carrozas, comparsas y congas que arrastran multitudes. Su origen se remonta a la Nochebuena colonial, cuando los esclavos recibían el día libre, salían de la Misa del Gallo y celebraban a golpe de tambor su única noche de libertad. Aquella procesión improvisada, repleta de bailes, ritmos africanos y carrozas tiradas por bueyes iluminados con velas, fue germinando hasta convertirse en la gran fiesta que hoy identifica a Bejucal, junto a las Parrandas de Remedios y los Carnavales de Santiago de Cuba.

La conga se volvió el idioma natural del pueblo. Y dentro de esa escuela colectiva, en 1962, nació la agrupación Tambores de Bejucal, fruto de una tradición que llevaba décadas latiendo en las calles. Su fundador, Rogelio (Yeyo) Pérez, músico autodidacta y maestro de la percusión, recogió la herencia musical de sus ancestros para moldear una sonoridad única. Desde entonces, el grupo se convirtió en el guardián del estilo conguero bejucaleño.
La raíz profunda de su línea rítmica se encuentra en lo que se convirtió en tradición y que en Bejucal se conserva desde 1943. Cada 3 de diciembre, en vísperas de la celebración de la Virgen Santa Bárbara (Shangó en la religión yoruba), la conga salía a la calle recorriendo el pueblo hasta llegar a la casa donde finaliza el trayecto. Allí comienza un bembé que dura hasta el amanecer. Esa ceremonia, mezcla de fervor popular y espiritualidad afrocubana, fue la antesala de los Tambores de Bejucal y el espacio donde hoy nacen muchos de los futuros tocadores. Padres, madres y abuelos llevan a los niños a sentir el tambor desde pequeños, tal como ellos lo vivieron. En Bejucal se es conguero desde la infancia.
Los Tambores de Bejucal interpretan rumba (guaguancó, yambú, columbia), música yoruba, mozambique y como plato fuerte, la conga, su especialidad. Su marca personal se distingue por dos elementos nacidos del propio pueblo: la reja, un instrumento metálico que funciona como un quinto y un tumbador a la vez y la campana (a contratiempo), que conversa con la reja y crea una cadencia hipnótica. Esa combinación produce un ritmo contagioso e irrepetible, reconocible por cualquier bejucaleño donde quiera que viva. La reja pertenece a Bejucal como la palma al escudo o la rumba al barrio.

Los Tambores no solo preservan tradición, han sido escuela de músicos durante décadas, formando generaciones que luego nutren orquestas, comparsas y proyectos culturales de Bejucal. Su trabajo comunitario es tan profundo, que por ellos surge incluso el relevo natural, los Tamborcitos de Bejucal, dirigidos por Alexis Hernández Pérez, miembro de la agrupación. Niños y adolescentes aprenden allí que el tambor es una herencia viva, algo que se honra tocándolo.
En Bejucal nadie queda fuera de esa fuerza colectiva. La música de los Tambores actúa como punto de encuentro social, no importa clase, raza, edad o nivel cultural. Todos se reconocen en ese pulso común que se vuelve identidad. Es la manifestación cultural más accesible y democrática del pueblo.
Con más de medio siglo de trayectoria, los Tambores de Bejucal son ya parte inseparable de la historia de San Felipe y Santiago del Bejucal, ciudad casi tricentenaria. Han llevado su sonido por toda Cuba y fuera de ella, pero su misión principal sigue siendo la misma, mantener viva la tradición.
Porque si Bejucal es un pueblo conguero por naturaleza, los Tambores son la columna que sostiene esa identidad. Son el eco de los antiguos esclavos que marcaron el primer ritmo junto a la iglesia. Son la voz del bando azul y del bando rojo, que cada diciembre se disputan la creatividad y el aplauso popular. Son esa mezcla de bembé, calle, herencia africana y orgullo local que hace que, en Bejucal, el tambor nunca deje de sonar. Los Tambores de Bejucal son la memoria del pueblo, la escuela del ritmo y el latido que mantiene viva su tradición.
Integrantes
- Robelio (Yeyo) Pérez López, fundador, tamborero.
- Alexis Hernández Pérez, tamborero.



